Passions · Marisa Aldeguer

Passions · Marisa Aldeguer

Passions · Marisa Aldeguer

Sus palabras –sosegadas y elegantes– huelen a piedra, a horno y a nostalgia; saben a tradición, a raíces y a futuro; suenan a repiqueteo de cañas y vidrio, tan familiar y cercano. Sus frases fluyen con la naturalidad y la cadencia de quien conoce cada historia, cada bocanada de aire, cada mano danzando sobre las llamas y el vidrio convertidos en arte.

Marisa Aldeguer, perteneciente a la séptima generación de los reconocidos maestros vidrieros, nos recibe en el castillo inspirado en el que los reyes de Mallorca tenían en Perpiñán que, desde que dejaran La Portella en la muralla palmesana en la década de los sesenta, alberga el taller y el museo de la familia.

Desde Lottusse decidimos ahondar en ese apellido que tanto admiramos y con el que tanto compartimos. Decidimos saber un poco más, conocer de cerca la esencia, el linaje y el oficio. Nada más abrazar a Marisa, con preguntas y estima, reconocemos en sus palabras la complicidad de quien comparte una pasión. La pasión por las cosas bien hechas, sin prisa, con calma, con paciencia y con amor, mucho amor. Compartimos el reto de buscar el equilibrio perfecto entre tradición e innovación.

FactoryGordiola

Su apellido, al igual que Lottusse, va tan ligado a la alta artesanía como las flames a la fosca de Rosselló Pòrcel. Y eso se respira en cada quiebro, en cada palabra.

Amante del arte y de los artistas, del artesano y su dedicación, de la (im)perfección despojada de prefijos y prejuicios, de las burbujas que rebosan vida y arte, Marisa es una mujer cercana y calmada, divertida y cómplice, una anfitriona generosa en palabras, encanto y actitud.

Antes de meternos en faena, paseamos primero por el taller y después por el museo familiar, plagado de tesoros que su padre, Don Daniel Aldeguer Gordiola, descubrió en cada uno de sus viajes. Tesoros de vidrio con sabor a imperios ya desaparecidos, a viajes, a mestizaje, a sabiduría y a nostalgia que denotan un gusto exquisito por la artesanía y las cosas bien hechas.

‘Cuando aún era de noche
Cuando aún no había día
Cuando aún no había luz
Para muchos…
Gordiola ya existía…’



Reza uno de los muros recios y regios de ese palacio que nos abraza. Gordiola existe a lo largo de tres siglos de historia en los que la evolución, la guerra, la crisis, la máquina, la necesidad y la moda han hecho que el ingenio y la inspiración tanto de Marisa como de sus antecesores se agudizaran para poner en valor el trabajo transmitido de generación en generación, un trabajo cocinado a fuego lento y constante, con cabeza y corazón en cada gesto, en cada suspiro, una labor hecha con calma y sin prisa, con precisión y maestría. Alquimia más alejada de los números y muy cercana a la tradición y al oficio.

CompoGordiola

Asegura Marisa que ver a los maestros vidrieros trabajar es como verles bailar. Una danza, a caballo entre la delicadeza de sus manos y el infierno en el que arden las llamas, repleta de miradas cómplices y manos avezadas en la que el ritmo y el compás nunca deben perderse. Coordinación y pasos de baile al servicio del arte. Asegura que cada vidriero tiene su sello. Y hace una comparación que nos llega al alma: el arte de soplar es como el arte de escribir, es un rasgo distintivo que nos acompañará siempre. Uno no puede cambiar la letra, así como tampoco puede cambiar la manera de crear, ejecutar y mimar al vidrio.

Nos cuenta Marisa que su primer contacto con el vidrio pasa por sus oídos. Ella, que nació sobre el antiguo taller de La Portella, recuerda cómo el picar de las cañas sobre el vidrio fue la melodía de su infancia, cómo el silencio se convertía en música en la sala de las pintoras de vidrios -tan en calma, tan serenas- y cómo notaba el contraste de ese cielo plagado de mujeres frente al infierno de fuego en el que los hombres soplaban.

Al hablar de inicios y recuerdos, la conversación se vuelve solemne y sentida. Hablamos de sus antepasados más cercanos, aquellos que fueron capaces de transmitirle el amor por su apellido y su peso, el sentido del gusto, el respeto por la profesión, la seriedad en el trabajo y la dedicación. Hablamos de su padre y a Marisa le delata una sonrisa tierna y sensible.

¿Qué has aprendido de tu padre?

Su amor al arte, pasión por la historia y por los viajes. Mi padre era un hombre muy inteligente que vivió entre la vocación por la abogacía y la pasión por el arte del vidrio.

Un hombre muy inteligente que transmitía amor y respeto por todo lo que hacía.
De mi padre aprendí a saber que gestionar una empresa familiar es muy complicado pero, sobre todo, aprendí a disfrutarlo tanto como lo hizo él.

Mi padre dedicó su vida a conservar la tradición vidriera en Mallorca. Admiro su tesón. Ha sido una figura irrepetible en el arte del soplado del vidrio en la isla.

Sabemos que huella dejó tu padre en ti pero, ¿qué huella crees que dejarás tú en Gordiola?

No lo tengo claro, pero he intentado actualizar formas antiguas y crear nuevas, innovar sin perder de vista la tradición y hacerlo desde la iluminación a la mesa. Incorporo modelos nuevos de lámparas y doy nuevas pinceladas. Me ocupo de los colores y de las mezclas.

¿El color negro en el vidrio es cosa tuya?

Sí, lo incorporé de una manera empírica, deduciendo, recurriendo a antiguas recetas, conocimientos escritos sobre el colorante y el fuego hasta que conseguí el negro que buscaba. Es un color minoritario, más exclusivo, para un público determinado pero aun me gusta seguir innovando.

Además de respetar el producto tradicional me gusta introducir nuevas variaciones que no nos hagan quedarnos obsoletos. Entiendo que las pasadas generaciones quieran productos específicos que han visto en casa de sus abuelos, pero Gordiola es mucho más. Nos gusta encontrar el equilibrio sin perder nunca de vista la tradición.

Lottusse

En ese punto nos bailan los minutos entre preguntas y respuestas y seguimos enfrascados en una conversación ágil y cálida en la que la tradición y el buen gusto, la artesanía elevada a lo artístico, el respeto y las raíces reinan.

Hablamos de lo moderno, lo antiguo, lo que está de moda y lo pronto estará demodé, hablamos de cómo contentar a nuevas generaciones sin traicionar a las antiguas.

Hablamos de cómo el Mediterráneo –tan mestizo, tan nuestro- está presente en la luz y en los colores de sus creaciones, hablamos de Venecia y de sus filigranas de vidrio refinado, tan diferente al nuestro y a la vez tan parecido, hablamos de la meteorología y su influencia e incluso ese tema se vuelve interesante cuando la persona que tienes enfrente habla con la pasión y el conocimiento de Marisa.
Hablamos mucho y hablamos bien, pero lo más importante es que hablamos el mismo idioma: respeto, amor y pasión por las raíces, el producto y los tiempos.

Pasaríamos días entre los muros de ese castillo que durante más de dos horas ha sido el refugio de aquellos que apostamos por la exquisitez y la exclusividad, pero el tiempo apremia y los temas parecen no agotarse. Nos vamos con la sensación de compartir filosofía y actitud con Gordiola, una marca que, sin duda, consigue convertir la artesanía en arte.

Si pasan por Algaida, no lo duden, paren, miren, escuchen y huelan, Gordiola formará parte del imaginario de sus vidas para siempre.

CompoArxiduc

Texto: Marta Pérez
Fotografía: Francisco Fonteyne